...aunque ella te rescató a tí.
Ella, gorro rojo en mano, quería que la quisiesen y quería querer con todo el corazón. Él, hombre solitario y roto, no creía en las mujeres y menos en aquellas que buscaban el amor.
Pero la vida es tan perra, que en cada esquina, cuando menos te lo esperas, encuentras a alguien, que te hace respirar un poco más de aire del que necesitas, hace que tu pensamiento se quede en las nubes y esa persona te salva del abismo en el que te encierra la rutina y la falta de cariño. ¿Dónde estábamos? Ah sí, cuando la vida es tan perra que te envía a alguien, a quien no quieres querer, pero acabas queriendo. Pues eso le pasó al hombre sin sombra, con la mujer de rojo. Que él no quería quererla y ella quería que la quisieran. Que lo hicieran con locura, con esa locura sana en la que las mariposas revolotean por tu estómago y salen de tu boca en forma de versos de amor. De esa locura, y de ese tipo de amor. Del que te ciega, del que te hace tan feliz que piensas que nadie en este maldito, pero necesario mundo, está con el corazón tan rojo como tú.
Esa clase de amor, esa clase de pasión, todos aquellos sentimientos los generó ella en él, porque era fácil quererla, porque era sencillo enamorarse de ella. ¿Y de él? De él, con el tiempo y sin las sombras, fue menos enrrevesado, porque finalmente ella consiguió lo que quería, que la quiseran y él, acabó como siempre, confiando en una mujer, que un día, tarde o temprano, le partiría el corazón, porque como dijo alguien alguna vez, las mujeres son la droga para el mundo, pero la mayor amenaza a la vez. ¿Y sabes qué?
Que el hombre sin sombra se equivocó, y esa frase estúpida, también, porque ella no le partió el corazón... ella lo rescató... y a cambio... él la encontró.
Así funciona el amor.
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